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El vino
Me quedo con este Rosso di Montalcino por su enfoque preciso y medido del Sangiovese: un vino procedente de una pequeña parcela, trabajado con esmero y después criado seis meses en barrica y seis meses en botella. Su perfil anunciado resulta accesible, con una estructura más bien ligera y un equilibrio entre fruta, especias y notas de crianza. Si te gustan los tintos toscanos sin buscar una descripción aromática artificialmente detallada, esta cuvée merece tu atención.
Cava d’Onice es el proyecto de Simone Nannetti, fundado junto a su padre Valter en el paisaje de Montalcino, en la Toscana. El nombre rinde homenaje a una cantera de ónice etrusca situada cerca. La historia familiar está ligada a una pequeña explotación agrícola adquirida al este de la ciudad, en el Val d’Orcia. Simone empezó a trabajar en los viñedos en la adolescencia, y después continuó su trayectoria durante dieciocho años en una empresa histórica de Montalcino. La preparación de la finca y de las parcelas requirió diez años antes de que la actividad pudiera comenzar de verdad.
Este Rosso procede de una hectárea de Sangiovese, variedad indicada para la añada 2023. Las viñas, de doce años según la ficha, crecen a 320 metros de altitud sobre un suelo de textura media, rico en arcilla y calcio. El cultivo es tradicional y la uva se vendimia a mano en la madurez considerada óptima, y luego se traslada rápidamente a la bodega. Tras la selección, el despalillado y un prensado suave, la fermentación se desarrolla en depósitos de cemento y acero inoxidable, durante unos diez días a temperatura controlada por debajo de 30 °C. La maceración alcanza los veinte días. La crianza continúa seis meses en barricas de roble francés y esloveno de distintos formatos, y después otros seis meses en botella.
Para la cata, la información disponible es voluntariamente escasa: no da ni un color preciso, ni una lista de aromas, ni una descripción específica de la boca. Prefiero, pues, no inventar notas de cereza, de flores o de especias. El vino se presenta como tinto y criado en madera. Las referencias de estilo lo sitúan a medio camino entre lo frutal y lo especiado, así como entre la juventud y la influencia de la barrica; su cuerpo está valorado en 4 sobre 9, del lado ligero. Estas indicaciones sugieren un tinto moderado más que un vino potente, sin sustituir a una cata personal.
Lo serviría con legumbres secas, setas, embutidos o quesos curados, maridajes propuestos para esta cuvée. También puede acompañar carnes blancas, una hamburguesa o un pescado blanco si buscas un tinto de cuerpo contenido en la mesa. Para una velada sencilla entre amigos o una comida en la que el plato conserve el protagonismo, el formato Rosso di Montalcino parece muy adecuado. Puedes abrirlo y tomarte el tiempo de degustarlo: los detalles precisos de su expresión se revelarán entonces en tu copa, en lugar de en una promesa escrita en su lugar.
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