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El vino
Hay vinos que no buscan alzar la voz: dejan que el lugar y la uva hablen. El Brunello di Montalcino 2020 de Poggio di Sotto me atrae por esa expresión tan equilibrada, entre frutos maduros, flores secas y frescor herbáceo. Si te gustan los tintos donde la finura cuenta tanto como la materia, este merece un sitio en tu mesa.
Este Brunello DOCG procede de Castelnuovo dell’Abate, en la vertiente sur de la denominación, en un anfiteatro natural resguardado por el monte Amiata. Las viñas de Sangiovese, de unos 25 años de media, ocupan laderas en terrazas situadas a 200, 300 y 400 metros de altitud. Sus distintas orientaciones aprovechan las brisas regulares del valle del Orcia y una luminosidad notable. Bajo las cepas, suelos pobres y pedregosos mezclan principalmente arcilla y caliza: un marco que, según la descripción de la bodega, limita el vigor de las plantas.
La historia reciente de Poggio di Sotto se inscribe en la de Maria Iris y Claudio Tipa, que tomaron la propiedad en 2011. La bodega se encuentra en el corazón de una denominación donde el Sangiovese da lugar a tintos de carácter, y reivindica aquí una lectura apegada a la expresión del viñedo más que a la ostentación. Este 2020 procede de agricultura ecológica y se crió 30 meses en barricas de roble. Estos datos ofrecen algunas referencias concretas sobre su origen y elaboración, sin necesidad de decir más de lo que los hechos disponibles permiten.
En la copa, su color es un rubí profundo, con reflejos granate. La nariz se abre con ciruela madura y cereza ácida, y después aparecen la rosa seca y la violeta. El romero y matices de hierbas aportan una sensación de frescor. En boca, el vino privilegia la finura y la elegancia: sus taninos aterciopelados acompañan al paladar sin dureza, mientras un toque mineral matiza la fruta. La añada 2020 se describe como equilibrada entre concentración de sabores y frescor, dos dimensiones que estas notas permiten reconocer en la copa.
Lo serviría con una cocina que deje espacio al vino: un guiso, carnes asadas o setas preparadas sencillamente pueden ofrecer buenos maridajes con su fruta, sus hierbas y sus taninos. A la mesa, tómate tu tiempo para dejarlo abrirse y seguir sus matices, de la fruta a las flores, y luego a la nota mineral. Es una botella para compartir en una comida a la que quieras dar algo de profundidad, sin buscar el efecto espectacular: el placer está en el equilibrio y en ese vínculo sensible con las colinas de Montalcino.
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